sábado, 12 de febrero de 2011

Eligio su espacio de crear.

Cinco años después de que acabara de forma oficial la guerra civil, una joven desconocida, Carmen Laforet, deslumbró a su generación con Nada . La novela se convirtió enseguida en un revulsivo literario y social.

Ninguna palabra podría haber nombrado mejor el paisaje físico y moral de aquellos días de posguerra en los que las heridas de la contienda permanecían aún abiertas y ganadores y vencidos buscaban algo parecido al olvido, los primeros para absolverse de sus excesos y los segundos para sobrevivir a su derrota. Nada, aquel título expresivo y rotundo, simbolizaba la miseria y oscuridad de los años del estraperlo y el hambre, la vaciedad del quiero y no puedo de las clases medias y el obsceno lujo de los arribistas.

La novela, que ganó el primer premio Nadal, se difundió por la España que aún leía o se sentía vagamente liberal, pero también entre las capas burguesas que se sintieron interpeladas e incluso escandalizadas por algunas de sus páginas.

Una aureola de misterio envolvió a Carmen Laforet, nacida en Barcelona en 1921. ¿Quién era aquella joven que parecía esconder en su primera novela a una narradora inconformista, observadora y escéptica? ¿Había algo autobiográfico en aquella historia familiar de ambiente decadente y frío en la el que algunos de sus personajes se movían entre la ocultación y las medias verdades y Andrea, la protagonista, se veía empujada a la huida y la perplejidad?

No sólo era insólito que una mujer triunfara en literatura o en cualquier otro ámbito en unos años en los que las pocas que habían creído en su talento en la década anterior formaban parte de la España peregrina o habían vuelto al hogar a remendar calcetines aunque mantuvieran sus femeninos empleos de maestras y enfermeras o ayudaran a sus maridos en los negocios familiares.

Llamaba la atención que fuera tan joven 23 años tenía Laforet cuando se presentó al Nadal, que sólo se supiera de ella que había nacido en una familia ligada a la burguesía catalana, que había vivido desde niña en Gran Canaria, adonde su padre, arquitecto, se había trasladado por motivos de trabajo, y que, al finalizar la guerra civil, había vuelto a Barcelona.

¿Qué había encontrado allí aquella joven que estudió unos cursos de Filosofía en Barcelona y luego, en el 42, marchó a Madrid a probar suerte en Derecho? Calles por las que vagar con el estómago vacío mientras la cabeza volaba ensimismada, ambientes de juventud en los que sólo los más rebeldes o huraños intentaban salirse de los márgenes. El vacío y desolación que se respira en Nada .

La novela narra el agotamiento de las clases medias, su falta de perspectivas tras la guerra y la confusión que les produce la falsa identidad que deben asumir en un mundo regido por el deber ser y la apariencia.
Laforet ha afirmado que no hay nada biográfico en la novela, a no ser las descripciones de esa fantasmal Barcelona que amó y por la que sin duda paseó para poner en orden sus ideas de escritora. “Fue la primera gran ciudad que pisaban mis zapatos vagabundos”, reconoció en un artículo publicado en 1983. Andanzas solitarias que no se vieron empañadas por el hecho de que “Barcelona presentara entonces las cicatrices de la guerra y que el hambre fuera una realidad como la del aire suave, mediterráneo, de sus calles”.

Por eso sigue causando asombro el acierto con que expresó aquel desasosiego existencial y la economía de trazos con que retrató la posguerra: la cartilla de racionamiento, el pan negro, la mezquindad ambiental, la falta de ambición para cambiar. Sin denunciar nada ni defender ideología alguna, como no fuera un soterrado nihilismo, algunos especialistas han visto en esta obra “el más fiel reflejo de una sociedad en descomposición, con la atroz persistencia de la posguerra”. Con razón el cineasta Juan Antonio Barden definió a su generación como “la generación de Nada” .
Todo esto abrumó a Carmen Laforet, y el certero fulgor de Nada la dejó marcada para siempre.

Demasiado joven para haber conocido de forma directa a la generación del 27 y establecer un eslabón con las intelectuales y artistas a las que la guerra partió la vida en dos y les condujo al exilio: Rosa Chacel, María Zambrano, María Teresa León, Mercé Rodoreda, Concha Méndez o Maruja Mallo, nada hace pensar que Laforet tuviera un especial empeño crítico. Como los españoles y españolas de su edad menos comprometidos asiste como espectadora al desenlace de la guerra desde Las Palmas y luego, ya en Barcelona y en Madrid, percibe la brutal diferencia entre el mundo que se intuye desde los ambientes universitarios que frecuenta y el triste hollín que impregna la vida diaria. De esta diferencia nace su rebelión interior y su fuerza como escritora, reconocida enseguida por José Martínez Ruiz, Azorín y Juan Ramón Jiménez. Pronto queda incluida en la generación del 36, integrada por Miguel Delibes, Camilo José Cela o Francisco Ayala, éste último exiliado al otro lado del Atlántico. Autores que fueron creciendo a lo largo del siglo, mientras que Carmen Laforet ha ido menguando como escritora, publicando de forma errática, hasta extinguirse como autora.
 
Publicado: por Haia

1 comentario:

ricardo dijo...

Siempre hay algo intersante aquí.